19 de octubre de 2008

Desaforados
Alucinados
Perdidos y transformados


Los pobres niños.


Borracheras de las generaciones incipientes
Mamaderas espirituosas
Y papilla con sabor a tabaco ennegrecido o machucado


Los niños pobres.


Vagabundos urbanos
Esforzados trabajadores de la tierra
Milicos camuflados en algún país remoto, o no tanto


Con la democracia se come, se educa y se cura.


La muerte: el Gran No
No vida / No nada
¿Cómo es morir por una carencia
para entrar en el otro espacio de la nada?


Vivir muriendo:
Un oxímoron raro
Un gerundio imposible


Esos niños.


MBL

26 de julio de 2008

De cartones y otras yerbas

El cartonero sereno recorre las calles del deseo
Se observa en los espejos de las latas baratas –o tan caras–
arrojadas, mojadas, abandonadas
Arrastra el carro eterno de papeles y cartones del “ya veremos”


Es fea la noche de las veredas negras

Los dedos expertos desordenan lo correcto
Merodean los ojos sangrantes en el ocaso de la tentadora espera
Bolsas repletas de verdades desertoras
Cada hora que se pasa es un anatema


Yo desecho
Vos desechás
Él desecha
Todos desechamos


El cartonero recoge/ La gente se molesta
Las horas callan/ La Negra se despereza
El nene come/ ¿La panza se le llena?


MBL

22 de junio de 2008

La soledad

La soledad tiene el color gris y marrón de las ropas que visten quienes duermen en el frío de las veredas o se acurrucan en los pastos de las plazas. Tiene la mirada inhóspita del anciano que espera sentado frente a la puerta la aparición repentina del hijo perdido o indiferente.

Viste las pieles multicolores y multitexturales de quienes se autoexilian de la tierra caliente de su patria, en busca de nuevas oportunidades, de otras sociedades, otros vocablos y suspiros de sonoridad desigual. La soledad bombea como un corazón aletargado y cansado las existencias diminutas de los niños de las calles, de los adolescentes que rodean los espacios urbanos o “civilizados” de un continente que bulle por encontrarse. Sabe a cartón, a diario trasnochado, a fruta podrida y a sulky que arrastra las porquerías (tesoros) de la basura desechada por unos y que sirve a otros.

También empapela la tecnología detrás de una máquina fingidora de singularidades. Y cuando desdibuja perfiles y homogeneíza latitudes y longitudes, su sustancia se hace carne en las entrañas individuales de los que pretenden rechazarla con los instrumentos del progreso, y evitar así sus ateridas sensaciones. Se parece a los silencios de una mujer eterna entre las cuatro paredes de su departamento, que aguarda el ring de un teléfono desacostumbrado ya a sus funciones comunicativas.

La noche convoca a todas las soledades, las reúne sin unirlas, manteniendo sus límites bien definidos, pero haciendo a la vez visible su presencia a los ojos de los sentidos y del corazón que se despiertan.

Hasta en el poder habita la soledad. Se mueve entre las decisiones y los pensamientos de ese uno que manda, dirige y ordena lo que hacer y no hacer. Como la muerte, no diferencia entre sus adeptos y detractores (o esquivadores), puesto que su vocación triste es la permanencia aceptada o reprimida e incluso mitigada en los cuerpos de los vivientes.

La soledad se impregna del olor de las camas prostibulares, de sus manchas crepusculares, adheridas a la piel de los que buscan, a fuerza de persistir en la urgencia de contacto, desairarla con seducciones inventadas y desesperadas. Sabe amarga la soledad cuando se traga sin pedirla, cuando la conciencia de su existencia parasitaria en el ser lastima sin tregua los oídos ensordecidos por lo externo.

Adentro y afuera. Estamos, venimos, vamos, volvemos, nos movemos en zigzag o en forma circular, en línea recta o en reversa desprolijamente. Los edificios se alzan ante nosotros como paredones de una cárcel virtual, y tan palpable, que nos cobija y aliena o distancia a la vez. Micro y macrosoledades desorbitadas, la del interior particular de cada uno, la de los grupos que se oponen, por distintos, como engranajes encimados o superpuestos que no siempre perciben la otredad de su propia identidad colectiva y la de los demás.

La soledad se descubre en la humedad de unos ojos sangrantes y una mirada suplicante o sumisa; se desnuda entre la estridencia de una risa descontrolada y efervescente, constante, que no cesa, porque detenerse es permitir la abrupta emergencia hiriente de la pena.

Se llama varón y mujer, negro, blanco, amarillo, variopinto, heterosexual y homosexual, occidental y oriental, budista, judío, cristiano, agnóstico, musulmán… Y su invisible corteza se materializa sobre todo en los innominados, los desconocidos y ninguneados de siempre.

MBL (junio de 2008)

1 de junio de 2008

La espontaneidad (y la locura) al palo

- Me molesta el reduccionismo con el ser humano. María

- Frases productivas y productivo de frases. Emilia


- Se me coló algo en el habla. María


- Te acabás de llevar por delante el tendal de palabras que colgaban. Emilia


- Es todo un ritual. Hay que sentarse y apuntar. María


- A veces hay que inyectarse literatura. María


- Siempre hay alguien que te desactiva la sombra. Emilia


- Debe ser porque me fui, pero volví y no llegué. María


- Puede ser que haya algo químico en la Coca-Cola que, combinado con mis químicos, haga boom. María


- Se me fermentó la neurona. Zaira


- LLueven señales de cosas. María


- Hay algunas cosas que se solucionan con azúcar química y otras con azúcar humano, con dulce humano. María

28 de mayo de 2008


Anticipadamente depresivos
Agotados por labores injustas
Ejercicios de una niñez incumplida
Esqueletos de violencia
Anhelos exuberantes caminando
Arrastrando sus pies descalzos
Sus carnes ínfimas por piedras de caminos
Que son tumbas de historia
Divisiones del azar o del designio humano
Yo, aquí; vos, allá: ¿por qué la distancia?


MBL

23 de mayo de 2008

Polémicas: José Pablo Feinmann, YouTube y K

Cualquier pelotudo tiene un blog
Por Daniel Capalbo

El filósofo, antes filoso, y escritor, siempre prolífico, José Pablo Feinmann afirmó en un tono muy pero muy asertivo que cualquier pelandrún sin obras publicadas ni trayectoria ni prosa genial que exhibir y que encima tenga la osadía de postear en un blog sus impresiones, sus quejas, sus textos incipientes, es un pelotudo. “Cualquier pelotudo tiene un blog y ponelo en negritas”, proclamó en un video que se puede ver en YouTube. Una pena, porque Feinmann se quejó con desprecio y una suficiencia que difícilmente merezcan quienes usan los blogs para decir, comunicar y jugar con las palabras que sirven para escribir.

Lo que antes cualquier perejil garabateaba en un cuaderno Arte en La Giralda de Corrientes, por más burro e iletrado que fuera, era bienvenido porque, al menos para los periodistas de mi generación, que de verdad veneraban a la suya, Feinmann, era como poner un pie en el primer peldaño de una escalera que conducía al crecimiento intelectual. Era cosa de entrar en la aventura de la palabra, nada menos.

Puede ser, ¿no? Hay muchos bloggers pelotudos, es probable que la mayoría lo sea. Pero no son los únicos tontuelos en este universo. Hoy existen libertades y recursos tecnológicos que hace apenas unos años eran inimaginables, y también hay un claro abuso de ellos. Pero en todo caso sería bueno sumar a la protesta a otros pelotudos que casi en la tercera edad destilan resentimiento senil o caen en algún tipo de ilusión óptica, más ligada a los deseos que a la razón; algo que, se sabe, siempre nubla el sano juicio y por ende la capacidad crítica. Por ejemplo: el hecho de ver en el ex presidente Kirchner –en pleno ejercicio– a un tipo similar a Jean-Paul Sartre, pero reencarnado en la política, cuando entre uno y otro no hay en común más que su bizquera. Mire, vea, maestro Feinmann, recuerdo que usted dijo eso hace unos años y lo transcribí en una nota cuando a Kirchner apenas se lo conocía por su mal genio adolescente. Hoy creo que aquélla fue una proposición que también podría calificarse de pelotudez, tal vez derivada de una sobredosis de Prozac.

La obra de José Pablo Feinmann es buena. La sangre derramada debería ser declarada de interés nacional, igual que Filosofía y nación. Son libros esenciales. Pero muchas veces me pregunto cómo el intelectual de profesión es capaz de convertirse en la parodia de presentador iluminista de tevé, blandiendo una imagen como de científico loco, en un programa dedicado a la divulgación filosófica que pone en el aire el dignísimo canal cultural Encuentro. ¿Será porque el Estado reconoce y paga? Recomiendo el programa, sin embargo, a los alumnos del colegio nacional. A mí me hubiera gustado tener un profesor así, lo confieso: apasionado, lírico, desgarbado. Y hasta un poco confuso e imperfecto.

Pero una cosa es la filosofía y otra, la acción política. Porque esa confusión la traslada usted a la defensa cerrada de un gobierno que no deja de pedirles adicción a sus intelectuales. Una confusión que lo llevó a concluir apenas una semana atrás que la burguesía sojera estaba urdiendo un golpe en contra de la señora que nos gobierna. Porque, en el fondo, el campo (que para usted es la suma lineal de oligarcas, egoístas liberales y conservadores de ranchería) denostaba a la Presidenta pero para tumbarla, y pensó que todo ese barullo, esta protesta y rebelión frente a un caso de abuso impositivo, escondía el verdadero deseo de cobrarse mal la política de derechos humanos que el Gobierno lleva adelante. Usted lo llamó “protogolpe institucional”.

No dudo de que el ejercicio intelectual, el hecho de dar una vuelta de rosca a lo evidente y superficial, la reflexión como sistema, sean la arcilla que moldea el pensamiento crítico. La pregunta es: cómo es posible que ese ejercicio ponga del mismo lado, bajo la misma bandera, en la misma vereda, a defensores biológicos de un gobierno que miente las cifras de pobreza, de inflación, que manipula la libertad de prensa. Defensores como el profesor Luis D’Elía o como el antes recalcitrante Eduardo Feinmann, periodista de C5N y Radio 10, su primo lejano y ahora habitual interlocutor domesticado de la Casa Rosada.

¿No será por eso, estimado José Pablo Feinmann, que ahora hasta un pelotudo tiene un blog?

Fuente: diario Crítica de la Argentina, 23/05/2008.

12 de mayo de 2008

Nuestra (real) Humanidad

No hay odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la Naturaleza, donde resalta en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre. El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca contra la Humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas. Pero en el amasijo de los pueblos se condensan, en la cercanía de otros pueblos diversos, caracteres peculiares y activos, de ideas y de hábitos, de ensanche y adquisición, de vanidad y de avaricia, que del estado latente de preocupaciones nacionales pudieran, en un período de desorden interno o de precipitación del carácter acumulado del país, trocarse en amenaza grave para las tierras vecinas, aisladas y débiles, que el país fuerte declara perecederas e inferiores. Pensar es servir. Ni ha de suponerse, por antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente, porque no habla nuestro idioma, ni ve la casa como nosotros la vemos, ni se nos parece en sus lacras políticas, que son diferentes de las nuestras; ni tiene en mucho a los hombres biliosos y trigueños, ni mira caritativo, desde su eminencia aún mal segura, a los que, con menos favor de la Historia, suben a tramos heroicos la vía de las repúblicas; ni se han de esconder los datos patentes del problema que puede resolverse, para la paz de los siglos, con el estudio oportuno y la unión tácita y urgente del alma continental. ¡Porque ya suena el himno unánime; la generación actual lleva a cuestas, por el camino abonado por los padres sublimes, la América trabajadora; del Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Semí, por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar, la semilla de la América nueva!
José Martí, Nuestra América

11 de mayo de 2008

¿Del otro lado cuántos más llorarán?


Es inasible la tristeza.


¿Alguien cuenta los muertos mientras duermo?


Un pestañeo, y la vida de alguien se acaba.


¿Existirán contenedores del llanto?


Hay espacios vacíos todavía,
puedes esconder tus ojos allí.



Si Nada empieza es porque Todo termina.



¿Duelen más los latidos del corazón
que el disparo de un fusil?



Heridas lacrimógenas de las palabras
Se humedece la tinta y el papel se humedece
Se desprenden los gritos
Y tu pena es plegaria.


¿Vive aún el porvenir?


MBL

Memoria altiva en calma de cementerio
Todo lo que hacemos como preguntas arrojadas al mar


Cada hombre, una perspectiva del mundo


Silbidos a lo lejos, persianas condenadas
Ojos turbios esperando


Nada más difícil que la soledad
Y hasta, a veces, la compañía


Desde todos los frentes
Brazos se estiran lastimosamente
En una absurda pretensión de encuentro


Aves muertas sobrevuelan las esquinas de tu llanto
La oscuridad de la tierra gravita entre los pasos


Alguien pregunta con estrépito
¿A quién? ¿Dónde te escuchan?


Sosiego de ultratumba
Movimientos ausentes de las partes sin su centro


Arboledas desnudas, sus copas como venas que miran al cielo
Que esconden sus miserias de ratos de bohemia.


MBL

28 de abril de 2008

De los límites y otras yerbas

Quisiéramos comprender las coordenadas que nos unen a otro en los distintos momentos de la vida. Y ese querer comprender, aplicarle la lógica a algo que muy probablemente no la tenga, manifiesta el afán del ser humano por conocerlo y abarcarlo todo sin dilación, el anhelo constante de acallar su conciencia con respuestas que tal vez sirvan unos instantes para calmar nuestra ansiedad y darnos un respiro existencial. Pero en realidad, quizás lo más genuino o propio de la condición humana sea esa incertidumbre casi permamente, ese flotar sobre algo, sobre "ismos" y metafísicas que buscan anudar órdenes inmanentes en el hombre, que pretenden ligar exterior e interior, el afuera y el adentro, en una dialéctica perpetua y circulante, retroalimentación de estados o estadios del ser. ¿Cómo conciliar los espacios, los límites? Que existan en nuestro vocabulario palabras como "límite", "frontera" o "linde" es curioso. Es decir que ya en el lenguaje gravita esa conciencia de separación, de diferenciación o discriminación. Y es que existen las diferencias y, con ellas, la distancia que nos ubica en lugares disímiles. Cada uno de nosotros es un espacio de por sí, y la vida no consiste en otra cosa sino en buscarnos, explorarnos, hasta lograr, si es posible, habitarnos. Y al mismo tiempo deseamos o queremos habitar en otros. ¿Qué significa esto? Suscita una poética del encuentro. Se trata de la intrínseca necesidad humana del encuentro, en el sentido profundo del término, esa conexión íntima que puede comenzar con un cruce "fortuito" y que tiene que ver con la tal vez insaciable sed humana de comunión.


MBL

El Hombre Woyzeck*

Woyzeck, respiración entrecortada, agitación, mirada perdida, pero concentrada; ojos que miran al vacío, terror al vacío y una espalda encorvada; el hombre experimento, el hombre animal y la sociedad con su discurso falaz. Lamento hacia lo alto, repudio hacia lo bajo. Pero la tierra, la naturaleza, hermoso poema que puedes descifrar como códigos que merodean en tu espíritu. Pienso, pienso. Piensas demasiado, Woyzeck. Pero la razón entronizada, o la sinrazón. ¿Quién es el que piensa verdaderamente? La reflexión y el sentimiento lo llevas en tus ojos. ¿Quién es el loco? Woyzeck está loco, Woyzeck apesta. El crimen de un hombre versus el asesinato del Hombre aceptado por toda una sociedad que aniquila lo humano. Humano, demasiado humano. ¡Ecce homo! El animalito de la ciencia, el torturado en lo oscuro, el grito en lo secreto. Una víctima de sus instintos o un ser gritando la necedad, denunciándola. Y parámetros morales y legales inicuos, porque avalan, legitiman la crueldad en corazones de piedra y cerebros llenos de párrafos aprendidos, sin sentido, desligados de sus contenidos, mutilados, como tú en lo secreto. Y el hombre solo, el niño siempre en soledad. Sin padres, sin madres, sin hermanos. El no deseado para una sociedad mercantilista y tecnócrata. El alienado ya en su pequeñez. El buscador. Y el desencanto. Todo es nada y es más soledad.

Woyzeck, el indigente, el miserable, la naturaleza cuya irrupción debe ser apabullada. El cadáver y un rostro impávido, pétreo, acartonado. Y ningún abrazo. No se acercan, no te ven, no comprenden. Cargar con la aflicción, el yugo de una opresión interior, que es externa, sobreviene de fuera y propone la anulación del alma. ¿¡Dónde estás, hermano!? Hombres solitarios entre las máscaras de una multitud sedienta de deseo, rebalsada de instinto y sentidos, cosificada de sentimientos.

Woyzeck apesta a crimen, a diferencia, a rebeldía a corazón abierto. Su hedor de muerte irrumpe violentamente en la buena conciencia de los individuos. Woyzeck es un espejo. Imagen refractada de lo terrible. Esperpento de la realidad. Subversivo por sentir y por pensar, por poseer una clarividencia subversiva. Es el hombre que no sabe y no actúa. No sabe, no razona como ellos, no cree en lo que ellos. No actúa, no se desenvuelve en la sociedad como ellos, no se comporta como ellos. Pero sabe, reflexiona. Pero actúa, mata, y antes ya lo han asesinado. Ellos.

El infierno es frío, el infierno es helado. La tierra es un infierno; los hombres, seres congelados. Corazones de hielo. Momias lascivas en un aquelarre de lujuria. La luz es intensa. Rojo sangre: Labios rojos: Sexo atropellado. Un niño. El hombre como un niño solitario que busca a Dios. Dejen que los niños vengan a mí. ¿Quién es, cómo es Dios? Toda autoridad es opresiva. Aprendemos a servir como esclavos, hay que repetir, no sentir, no pensar. Piensas demasiado, Woyzeck. No hay padres ni hogares. El tiempo se acaba. Hay que trabajar, cansarse, correr, cavar y cavar, limpiar y limpiar la mugre de este mundo, cavar el corazón, que la sangre se derrame, que el calor se expanda, que el rojo inunde, bañe, tiña. Seguir, nunca detenerse. Sí, señor, a la orden, señor. Señor, Señor, ¿dónde estás? Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? ¿Hacia dónde ir? ¿De dónde vendrá la liberación? ¿Es hacia fuera, es hacia dentro el camino? Cavamos una fosa en el cielo. En el cielo tendremos que servir a los ángeles. ¿Es que nunca nos desharemos de las cadenas? Aprende, repite: un hombre virtuoso es eso, un hombre con buena conciencia. La virtud es virtud. Sí, señor, pero la naturaleza aflora, señor. No puedo más, señor, no resisto, no... ¿Oh Dios, por qué me has abandonado?

MBL


*
Este pequeño texto está inspirado en la puesta en escena de Woyzeck, de Georg Büchner, llevada a cabo en el Teatro San Martín, allá por junio de 2006, en una versión de Ricardo Ibarlucía, dirigida por Emilio García Wehbi. Las frases en itálica reproducen textualmente, muchas de ellas, las que componen la obra del autor y/o de su adaptación, y algunas otras son de público conocimiento.

20 de abril de 2008

La máquina rizomática

En consonancia con el pensamiento de Barthes, Foucault y Derrida, pero en un tono más radicalizado y, en rigor, sistematizando la asistematicidad como práctica teórica para disciplinas de cualquier orden y matiz, Deleuze y Guattari introducen la noción de rizoma, sistema que dibuja un esquema abierto de posibilidades de conexión heterogénea y múltiple no sólo con distintas formas o clases de lenguajes, sino con cualquier materialidad exterior desencajada de su naturaleza específica. Se trata de unir de modo divergente, heteróclito y hasta quizás extraño códigos, palabras, gráficos, lexemas, símbolos, eslóganes, grafitis, etc., desentendiéndose (no anclándose en él) de su particular espacio de origen y sujeto de atribución, etc., “para convertirse en una de las dimensiones de la multiplicidad considerada”[1]. Hacer rizoma con el mundo[2]: hacer pastiche, collage de indefiniciones en constante movimiento y disposición caótica. Abolir la jerarquía: desterrar el “libro-raíz”[3] y “el libro-raicilla”[4], por ser ambos versiones insistentes, reincidentes, de la postulación de lo Uno y, por tanto, de la clausura como definición absoluta. “El rizoma es una antigenealogía”[5]. No más: Absolutismo del significado. Absolutismo del significante. Absolutismo del sentido. Absolutismo del sujeto. Absolutismo de la idea. Contra la fijación y el sedentarismo, dice Deleuze, el nomadismo[6] incesante. Se trata de pensar el libro como una “composición maquínica”[7], cuyos planos, líneas, articulaciones, intersticios se perfilan como territorios de engarce con otros espacios deslindados, que tienen la propiedad de ligarse potencialmente y de forma inestable (porque siempre pueden desarmarse y rearmarse) con lo extratextual y funcionar simultáneamente. El rizoma no promueve la libertad, es la libertad misma llevada a la instancia de la producción, ya sea por parte de un escritor como por el mismo lector, el cual de ahí en más se convierte también en creador, porque no tiene el deber de sujetar su práctica de desterritorialización y reterritorialización[8] al deseo de nadie, ni de ampararse en ninguna escuela, corriente o ideología de pensamiento que avalen su proceder lúdico al extremo. Es su propio deseo el que gobierna y esto mismo libera la imaginación y el inconsciente para conjugar y jugar con las materias más diversas y aparentemente contradictorias.


Ya no se está ante una tripartición entre un campo de realidad, el mundo, un campo de representación, el libro, y un campo de subjetividad, el autor. Sino que una composición pone en conexión determinadas multiplicidades tomadas en cada uno de estos órdenes, aunque un libro no tenga su continuación en el libro siguiente, ni su objeto en el mundo ni su sujeto en uno o varios autores.[9]


Desde esta perspectiva, un libro entonces se halla plagado de multiplicidades rizomáticas que circulan aleatoriamente a la espera de su activación explosiva en un trazo de relaciones ilimitadas con otras composiciones. Es susceptible de conectarse con otros sistemas maquínicos literarios o no, mediante la ramificación desorbitada de sus componentes. Cada uno de los engranajes posibles generaría la ruptura o disgregación de su estructura interna (de la forma estructurante) y su inmediatamente posterior reconstrucción y, por tanto, redefinición plural. En palabras de Derrida:


¿Por qué tendría que ser ilegítimo y estar prohibido (y ¿quién decide eso?) el cruzar varios «géneros», escribir sobre la sexualidad al mismo tiempo que sobre el saber absoluto, y emparejar en él a Hegel y a Genet, un texto de tarjeta postal y una meditación (en acto, por así decirlo) sobre qué quiere decir «destinar», entre Freud y Heidegger, en un momento determinado de la historia del correo postal, de la informática y de las telecomunicaciones?[10]


MBL


[1] Deleuze, G. y Guattari, F., Rizoma, México, Ediciones Coyoacán, 2001, p. 35.

[2] Ibídem, p. 19.

[3] Ibídem, p. 9.

[4] Ibídem, p. 10.

[5] Ibídem, p. 34.

[6] Ibídem, p. 36.

[7] Ibídem, p. 8.

[8] Ibídem, p. 19-20.

[9] Ibídem, p. 35.

[10] Jacques Derrida, en: Entrevista con Christian Descamps, realizada en enero de 1982 y publicada en VV.AA., Entretiens avec Le Monde, I, Philosophies, Paris, La Découverte/Journal Le Monde, 1984. Edición digital de Derrida en castellano (www.jacquesderrida.com.ar).

Los discursos y las acciones

Un amigo me dijo una vez vía e-mail: “no es en el plano discursivo donde se realizan los verdaderos cambios, sino en el vaivén cotidiano”. Yo le contesté que adhería a esto, porque en realidad veníamos discutiendo hasta dónde es más importante discurrir teóricamente sobre diversas cuestiones en vez de actuar y mostrar con los hechos lo que predicamos con la palabra. Tenemos posturas muy distintas sobre algunos temas, pero siempre me resulta particularmente interesante y rico intercambiar puntos de vista con él. El caso es que en el momento, por no alargar más el debate que probablemente no nos conduciría a ningún lado, preferí no colocar luego de mi adhesión ninguna nota de polémica, por decirlo de algún modo. He reflexionado sobre esta frase, sobre su paradoja. En realidad creo que se trata de una cuestión no lineal, sino más bien pendular, ya que si bien es cierta su afirmación, y los verdaderos cambios los realizamos los seres humanos mediante nuestras acciones concretas, no es menos real que actuamos sobre la base de discursos, es decir, movilizados por convicciones, principios, ideas que aprendimos, elegimos y asumimos, o pretendemos hacerlo, y que aplicamos en forma práctica posteriormente en nuestro vaivén cotidiano. Ahora bien, los discursos, esto es, la cultura, que se forma a través de discursos, son tan importantes que de ellos dependen nuestros actos, qué tipo de vida elijamos, con qué ideas pactemos y, por lo tanto, qué postura asumamos frente a la diversidad de la realidad. Se trata de un esquema de retroalimentación entre los discursos y las acciones, o entre los discursos de las acciones y las acciones discursivas.

Todo lo cual nos lleva a reflexionar acerca del poder de la palabra y de cómo desde el lenguaje o, más bien, desde su apropiación individual en enunciados discursivos, el ser humano es capaz de conducir conciencias y de dirigir a los demás hacia donde quiere o cree sea mejor para ellos (o para el propio interés personal, en algunos casos). Los verdaderos cambios sí se realizan en el plano discursivo, en tanto y en cuanto comprendamos inteligentemente que nuestra palabra, dirigida a una gran o pequeña masa de gente, puede virar el curso de la historia, como a ciencia cierta lo ha hecho siempre. A su vez, los actos crean nuevos discursos; mediante un proceso de inducción fenomenológica, una suerte de ideario teórico emerge o resulta del análisis práctico de determinados acontecimientos desde el punto de vista sociológico, y en el cual incluyo todos los planos, o perspectivas, desde los cuales puede abordarse el estudio de la condición humana (filosófico, político, psicológico, antropológico, espiritual, emocional, etc., etc.). Así, nuevas realidades exigen nuevos discursos que buscarán explicar aquéllas y dar cuenta de algún aspecto diferente, quizás nunca antes percibido, de la complejidad humana.

MBL

2 de abril de 2008

Gobierno vs. Campo

Preguntas

Jorge Lanata

Algunas preguntas y muy pocas respuestas posteriores al acto de la plaza: La negociación campo-gobierno se convirtió en un diálogo de sordos: ya no sólo parecen discutir sobre las retenciones sino toda la política agropecuaria, y quieren hacerlo en diez minutos. Si esto es así, significa que nunca antes, en cinco años, discutieron política agropecuaria alguna.
Me parece lamentable que la única manera de hacer política de los últimos diez años sea la acción directa: cortar la calle. No creo que haya cortes buenos y cortes malos, ni cortes blancos o cortes negros, y ojalá hubiera más imaginación, en medio de la crisis, para hacer política de un modo más democrático y efectivo.
No hubo, no hay, no habrá posibilidad alguna de un golpe de Estado en la Argentina. Costó treinta mil muertos que esto fuera así, pero ya lo es y no va a cambiar, afortunadamente. El argumento oficial del golpe de Estado es patético y falaz; tan falaz y patético como la acusación de golpistas a los cacerolazos, más allá de que personajes como Pando y otros se mezclaran entre los ruidos de aluminio.
El miedo del gobierno a los cacerolazos es el miedo a una promesa incumplida y desconocida: ningún miembro de la clase polìtica pagó la deuda de 2001. Nadie se fue, todos se quedaron y temen que, algún día, anónimos con cacerolas pasen a cobrar.
El gobierno maneja el aparato represivo, puede dictar medidas de todo tipo y tiene mayoría en ambas cámaras; es muy probable que gane esta pulseada con el campo. Pero debería advertir que gana una parte; hay en esta pelea una derrota de fondo que es haber vuelto veinticinco años atrás, a un estúpido enfrentamiento peronistas-gorilas que perjudica a todos.
La presidenta calificó la conducta del campo como “un ataque al pueblo, a la Argentina”. ¿Por qué una medida de gobierno es la Argentina? ¿Por qué las retenciones significan la Nación? Con ese criterio, nadie jamás podría oponerse a nada: todo escrito del Ejecutivo tendría el peso fundacional de una encíclica civil. El aumento de las retenciones es, solamente, una medida. Una pequeña medida –justa o injusta, lo mismo da– que no representa de ningún modo a la Nación.
“Nunca vi tantos ataques a un gobierno popular”, dijo Cristina. Olvidó, por ejemplo y para citar sólo los últimos 25 años, los meses finales del gobierno de Alfonsín, la salida de Menem de su segundo mandato, el febril período de los presidentes diarios, etc., etc., etc.
El constante recuerdo de la presidenta del “pasado que quiere volver” es falso y divisionista. Cuando en mayo de 1987 fundamos Página/12 decíamos que íbamos a ser el único diario que no saliera a la calle durante un golpe militar. Aquello, que parecía una diferencia menor, era esencial: el resto de los diarios (Clarín, La Nación y La Razón) no sólo habían seguido publicando sino que llevaron adelante bajo la venia castrense grandes negocios que hoy continúan: Papel Prensa, por ejemplo.
Estos medios fueron luego favorecidos por el actual gobierno con concesiones de radio y televisión, monopolios del cable y todo tipo de negocios ventajosos. Es curioso que ahora sea el mismo gobierno que les permitió crecer el que se enoje con las caricaturas de Sábat, como si enojarse con una caricatura fuera una actitud adulta.
“El 24 de febrero de 1976 también hubo un lock out patronal del campo”, recordó la presidenta como si la historia pudiera calcarse con papel manteca y los contextos no existieran. Pero su discurso fue peor: “Esta vez los acompañaron los generales mediáticos, que han hecho lock out a la información”. Traducción rápida: hoy los golpistas son los diarios. Diarios que –a excepción de Perfil y de Crítica de la Argentina– el gobierno tapa cada día con avisos oficiales. Una especie de golpismo financiado por la democracia, ¿no?
El discurso de Cristina llegó al paroxismo cuando les pidió, también a los medios, que “no diferencien entre los colores de piel” y que no dividan a los argentinos. Todo es tan vertiginoso que me perdí la parte en la que D’Elía estudió periodismo.
El gobierno debe creer que una concentración con gran parte de militantes rentados, llevados en micros ad hoc y con la vianda de rigor, sirve de algún modo para consolidar la democracia. Personalmente, creo que la democracia se consolida gobernando, sin doble discurso y sin subsidios o negocios propios o para los amigos.
¿Qué significan cien mil personas en la plaza en el siglo XXI? Si se lo mide en rating, es poco más un punto, en una televisión en la que los programas de menos de veinte son condenados al fracaso. Si lo medimos en público neto (con el criterio de “a ver quién la tiene mas larga”) fue menos de la mitad del público del telepredicador Luis Palau. ¿Palau tendría, entonces, el doble de razón?
El gobierno no es la Argentina. El gobierno gobierna la Argentina. Está, temporalmente, a cargo del Estado. Debe cumplir con una serie de obligaciones para hacerlo: respetar el resto de los poderes, no influir a los jueces, no gobernar por decreto de necesidad y urgencia en el legislativo, etc., etc.
—Cristina lee demasiado los diarios –me decía un amigo al finalizar el discurso.
—Haría mejor en leer algunos clásicos. Viviría más tranquila.
—Puede ser –le dije yo.
Fuente: diario Crítica de la Argentina, 02.04.2008.

23 de marzo de 2008

Cincuenta años de literatura en la Cuba de Fidel

Del fulgor a la revolución como rutina

La relación entre el Estado cubano y los intelectuales estuvo siempre marcada por la tensión entre la promoción cultural y su encorsetamiento. Apoyos, exilios y la última etapa del realismo urbano.

Hernán Brienza

Del encantamiento a la melancolía. Ése fue, previo paso por la decepción, el camino recorrido por la literatura cubana en este último medio siglo que acaba de concluir.

Atrás quedaron los días de la primavera sesentista, cuando los principales escritores e intelectuales del mundo se referenciaban en la Revolución Cubana. Tampoco se vive el acalorado debate entre los “literatos del régimen” y los exiliados. Hoy, la situación se caracteriza por un oxímoron: una quietud movilizada por ese limbo en el que la isla espera por la transición política.

Luego de la triunfal entrada de Fidel y Camilo Cienfuegos en La Habana, en los primeros días de 1959 –esa foto es, acaso, el ícono feliz de las guerrillas sudamericanas–, los escritores latinoamericanos que pujaban por el nacimiento del boom encontraron en la isla la plataforma ideal para construir un edificio cultural que se derrumbaría en la década siguiente. Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez solían pasearse por el Malecón de La Habana y participaban de cuanto acontecimiento cultural se realizara en la isla.

En esos tiempos de encantamiento, el culto al poeta y mártir de la independencia José Martí encuadraba la producción literaria de Nicolás Guillén, que en 1958 había publicado La paloma de vuelo popular; de Alejo Carpentier, padre del realismo mágico con En el reino de este mundo y subdirector de Cultura del gobierno revolucionario; del poeta Eliseo Diego; y de José Lezama Lima, el autor de Paradiso y centro del grupo Orígenes. Y desde París, Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir se encargaban de los apoyos de los intelectuales de la izquierda europea a la revolución naciente.

Por esos años, la narrativa y la poética isleña no sólo estaban en función de la Revolución, sino que la celebraban.

Pero en 1961, frente al endurecimiento del gobierno de los Estados Unidos contra Cuba, Fidel lanzó un mensaje con el que intentó disciplinar a los escritores de la isla. En su “Mensaje a los Intelectuales” hizo la célebre advertencia: “Dentro de la Revolución, todo está permitido, contra la Revolución, ningún derecho”. La frase fue un guantazo en el rostro de la intelectualidad progresista. Y Raúl Castro fue más allá: “Deben sumarse a la milicia cultural o al realismo social, si no, la humillación y el silencio caerán sobre ellos”.

EL CASO PADILLA. A mediados de la década del sesenta, con el acercamiento definitivo de la Revolución a la Unión Soviética, se inició el proceso que los opositores denominan “estalinización” del régimen. En 1968, las condiciones se endurecieron. El poeta Herberto Padilla ganó el premio de Poesía de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) por el libro Fuera de juego, que fue considerado contrarrevolucionario.

Tres años después la relación entre gobierno e intelectualidad se resquebrajó definitivamente a partir de las acusaciones que hizo el buró político de espionaje para la CIA contra algunos escritores, entre ellos Padilla, quien fue detenido junto con su mujer, la poeta Belkis Cuza Malé. Sartre, Cortázar, Vargas Llosa, Fuentes, entre otros, protestaron contra la represión y la censura.

La intelectualidad progre de Occidente tenía un problema. Cansada de “tragarse sapos” –como ellos decían–, comenzaron a retirarle el apoyo al gobierno de Castro. El poeta comunista español Blas de Otero salió en defensa de Padilla. Lo mismo hizo Lezama Lima y Sartre escribió: “Una sociedad sin judíos como la de Cuba acabará por inventarlos”. Y quien hizo las veces de marrano inicial fue el propio Padilla.

Primero escribió una carta de retractación y un pedido de disculpas y luego realizó una autocrítica pública el 17 de abril de 1971. En el salón de la UNEAC –Guillén, su presidente, se enfermó y no asistió al acto–, un Padilla impotente, pusilánime, leyó su retractación y luego señaló uno a uno a los supuestos enemigos de la Revolución que estaban presentes en esa apostasía. El grotesco juicio inquisitorio no hizo otra cosa que crispar aún más la situación. La cultura cubana se iba a dividir entre escritores oficiales y disidentes, muchos de los cuales optaron por el exilio, como Guillermo Cabrera Infante, quien se convirtió en el mejor escritor del anticastrismo (Tres tristes tigres, La Habana para un infante difunto), y, posteriormente, la muy vendedora Zoé Valdés (Café Nostalgia).

El otro caso paradigmático fue el del poeta Reinaldo Arenas, perseguido por disidente y homosexual, crimen imperdonable para la Revolución. Amigo de Lezama Lima y de Virgilio Piñera, fue tachado de contrarrevolucionario por el El mundo alucinante y su obra Otra vez el mar fue destruida varias veces, por lo que tuvo que rehacerla otras tantas. Encarcelado y torturado en la prisión de El Morro entre 1974 y 1976, logró emigrar de la isla durante el éxodo de los “marielitos”, cuando en 1980 se exiliaron cerca de 125 mil cubanos.

PERESTROIKA Y DESPUÉS. Al mismo tiempo en que le ajustaba los grilletes al mundo de las ideas, Fidel declaraba que “la cultura es escudo y espada de la nación cubana”. Y en el corazón de esa estrategia bélica se ubicó la Casa de las Américas, fundada por Haydée Santamaría y actualmente conducida por el poeta Roberto Fernández Retamar, cuya función fue, en el área literaria, organizar encuentros de escritores, llamados a la solidaridad, concursos literarios, publicaciones populares. El Estado, además, se convirtió en el principal mecenas de las artes en la isla.

El otro apoyo a la nueva cultura de la Revolución fue la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba, liderados en los primeros años por Nicolás Guillén y quienes llevaron adelante el debate contra el corset del realismo socialista que querían imponer los sectores burocráticos más cercanos a la alianza con la Unión Soviética.

Tras el discurso de 1961, Castro dio rienda libre en la isla a un sistema editorial que promovió la publicación de libros y la lectura masiva; a un complejo de institutos de enseñanza artística de altísimo rigor, y de casas de la cultura que se extendían territorialmente a lo largo del país. Los resultados de esa política cultural quedan plasmados en las estadísticas oficiales. Por ejemplo, en 2003, se publicaron cerca de 900 títulos originales de libros por un total de 6.700.000 ejemplares.

A eso hay que sumarle la célebre Feria Internacional del Libro de La Habana, que, si bien siempre estuvo al servicio de la Revolución, también fue un multiplicador literario.

El momento más duro se registró con la caída de la Unión Soviética. La crisis energética, el desabastecimiento y el endurecimiento del bloqueo norteamericano relegaron la promoción cultural a niveles mínimos. La falta de papel restringió la publicación de libros y el cierre de la mayoría de las revistas. Apenas sobrevivieron Unión y Casa de las Américas.

LOS NOVÍSIMOS. Hacia finales de la década del noventa, el panorama literario de la isla se había cristalizado. El influjo del dogma de lo real maravilloso impuesto por Carpentier pasó a ser desoído por las nuevas generaciones que prefirieron refugiarse en un realismo urbano. Miguel Mejides, con Las perversiones en el Prado, y Reynaldo González, con Al cielo sometidos, son exponentes de esta nueva escuela. La suavización del gobierno permitió, también, que se desarrollara una temática tabú: la de la homosexualidad. Carlos Montenegro reeditó Hombres sin mujeres; junto a Jorge Ángel Pérez, con Fumando espero, retomaron la senda de Lezama Lima y Arenas.

En el centro de la foto oficial, continúan los fieles a la máxima de “todo dentro de la Revolución”. Se trata de la generación que hoy tiene alrededor de medio siglo, y está encabezada por Abel Prieto, el actual ministro de Cultura, seguido por Antón Arrufat, Guillermo Vidal, y Arturo Arango, entre otros.

A principios de los noventa, aparecieron los escritores novísimos, que recostados en la tradición realista de la literatura isleña, retomaron temas olvidados como la prostitución, la violencia, la miseria desmedida y la corrupción de gobernantes y dictadores. Ave y nada, de Ernesto Santana, o Tuyo es el reino, de Abilio Estévez. Pero quien llevó la marginalidad al extremo e hizo de ella una estética propia fue el exitoso Pedro Juan Gutiérrez, con su Trilogía sucia de La Habana desde las entrañas de Cuba, y Valdés, desde su exilio parisino. Detrás de ese arquetipo –que tiene algunos rasgos de literatura for export– se ubica Ena Lucía Portela con Cien botellas en una pared.

La última pelea cultural que sacudió a Cuba fue la que se desató en 2003, luego de que el gobierno realizara los juicios sumarísimos con condenas de muerte para tres secuestradores de una embarcación y penas de cárcel contra 75 opositores moderados, entre los que figuraba Raúl Rivero, un destacado disidente que se convirtió en el “poeta maldito” del nuevo siglo. Tras ese nuevo affaire, que a muchos les recordó el Caso Padilla, el premio Nobel José Saramago escribió un manifiesto cuyo título fue “Hasta aquí he llegado”, en el que retiró públicamente su apoyo al gobierno de Fidel.

Hoy el realismo urbano le ha descascarado el maquillaje a la utopía de la Revolución. La melancolía que supone el fin de una era se ha instalado como estética decadentista dentro y fuera de la isla. Cuba ha demostrado en cinco décadas las tensiones entre el Estado y los escritores. Como en muchos países de Latinoamérica, la industria cultural ha sido encorsetada por el poder real. Los escritores e intelectuales exiliados, humillados, asesinados, se convirtieron en estos 50 años en personajes obvios de un continente lacerado. La censura ha sido estatal y paraestatal, como en Colombia. El régimen castrista no ha sido una excepción. Pero hubo algunas diferencias. Como en ningún otro país de América Latina, el gobierno socialista ha promovido la producción cultural y se ha asegurado que sus resultados se extendieran social y geográficamente a todos los habitantes de un país.

Esa tensión, esa contradicción insalvable, es lo que mantiene vivo, aún, el debate intelectual acerca de la influencia de Fidel sobre la literatura de su isla.
Fuente: diario Crítica de la Argentina, 23 de marzo de 2008.

22 de marzo de 2008

Simultaneidad

Qué terrible estar frente a la página en blanco y querer decir mil cosas y buscar continuamente, vorazmente las palabras que de algún modo van comiéndonos de a poco si no consiguen apropiarse de un lugar en el soliloquio de las oraciones. Y queremos decir, sí, es necesario, y quizás el mundo no tenga interés en oírnos, hastiado ya de tanta frase vacía o contaminada la mente de tamaña explotación de información indiscriminada. Y frente a esto, ya nada pareciera ser realmente importante. Sin querer, nos acostumbramos a la soberbia de los medios, a tener amaestrados o domesticados nuestros sentimientos, a callar el grito profundo de resistencia a una realidad superflua y desgastada. Nos callamos, silenciamos, sin percatarlo, los gestos que en verdad apelan o disparan al corazón sincero. Y ocultamos los rostros de un sufrimiento, y aceptamos la máscara para los ojos y sus lágrimas. Espectros andantes, con saco y corbata, con jean y zapatillas, con celulares que nos trasponen cada vez más de realidades circundantes. Comunicación que mutila el diálogo, que es retórica, perpetuo discurso que es preciso pronunciar si no queremos que el tiempo y el mutismo nos estrangulen con su presencia insoslayable. Y no deseamos escuchar, y cuántos oídos, cuántos ojos rugen carenciados, indigentes y hambrientos de atención personalizada, de sensibilidad, de compasión, de aprecio en un hola-cómo-estás, qué-sentís-estás-bien. Aprendemos el saludo y la respuesta, normalizamos un estatuto de la conversación y nos apartamos del sujeto-otro que también vive, también sueña, también piensa y lucha cada minuto de su existencia por estar vivo y no abandonar nunca la fe que le susurra al oído no-estás-solo, alguien preguntará mañana por vos, y verás que tu soledad es compartida. Y así, con esperanza en el porvenir, nos divorciamos del presente, y por pretender ser dioses del instante, resulta que no estamos, o sí, estamos, existimos, pero no somos. El ser se reduce a una presencia ficticia en momentos triviales, donde la realidad se mide, se determina en números, en cabecitas que uno, dos, tres, cuatro, etc. estaban el día de mi cumpleaños; pero a ver, ¿y Fulanito?, ah, no, no vino, pero sí, éramos muchos, la pasamos-de-diez; sí, sí, estoy estudiando y trabajo; ah, claro, ¿y-vos-cómo-estás-todo bien?; pero entonces volvés a tu casa, a la soledad de tu cuarto, y estás con vos mismo, y dialogás con tu corazón, con Dios..., y de repente en una noche viste a todos y no pudiste estar con nadie. Y seguiste bailando y te reíste, y estás de nuevo en tu hogar y te levantás a la mañana, murió Terri Schiavo (la-dejaron-morir), y a los pocos días, Juan Pablo II se despide del mundo terrenal; cuántos especularon con sus muertes, cuántos viven a costa de otras muertes, a costa de la muerte de otros, los otros: tus hermanos. Sí, y así te desayunás con tres secuestros, familias destrozadas, la entrega de los Oscar, y Susana que vuelve a la tele, y Marcelo, porque cómo olvidarlo, Marcelo que, sí, tiene un nuevo programa, nuevo, dicen, y también es más de lo mismo. Pero qué-se-le-va-a-hacer si tantos viven (¿viven?) de comentar y publicar lo que aquéllos hacen o dejan de hacer. Y mientras, abajo, en tu vereda, un pibe con los dedos ateridos, con sólo mate en el estómago, emigra de calle en calle, pidiendo unos centavos para completar su deficiente breakfast y fastfood que te sirven en Mc Donald´s, el trabajo es por nueve horas, y hay días que te tenés que quedar más tiempo, sí, $600 por mes; claro, si yo con eso me arreglo lo más bien, y de ahí me voy para la facultad, tengo que sacar las fotocopias de Historia, el boleto del colectivo y no, no me alcanza… No alcanza para darle a todos los que piden en la calle; está la señora en la iglesia de la calle Santa Fe que siempre lleva un rosario en la mano y se sienta a leer, esperando que alguien le cubra su necesidad gastronómica del mediodía, aunque sea. Y únicamente te enterás de algunos acontecimientos, porque no es posible abarcarlo todo, no, cómo pensarlo siquiera; la realidad se nos escapa de las manos y de los ojos y, sin embargo, en pocos minutos pretenden que te devorés las noticias del día, y mientras, al mismo tiempo, varios seres humanos mueren quemados en un boliche céntrico, y también del otro lado unos hacen la “guerra santa” y Dios es un juguete de los hombres, porque ya no más el Hombre juguete del Destino o marioneta de los olímpicos; Dios es el niño concebido que, en nombre de la sacra ciencia, es encapsulado, estudiado y mutilado. Sí, sí, señores, Humanidad, estamos trabajando para poder prevenir enfermedades terminales futuras; no es manipulación, es tecnología, siglo XXI, progreso y bienestar para todos. Y te parecen gastadas aquellas palabras, cuánto horror en busca del afanado progreso humano. Y te das cuenta de que ya no tenés palabras puras, de que todas, o casi todas, están manchadas o laceradas, horadadas por significados y contenidos pútridos que les han inyectado, y que vos también malograste con ciertos movimientos de autómata social. Y te preguntás qué haremos; habrá que extirparles lo putrefacto, el acto podrido. Y es que ya estamos agobiados de discursos efímeros, las palabras han sido violadas, birladas de su belleza, ya no transmiten lo verdadero. Y entonces pensás que está todo perdido, y no, porque seguís hablando y escribiendo y continuás la carrera contra el tiempo y la devastación interior del ser humano, y con tu genio, con tu potencia creadora, te transformás en Adán y buscás tu Eva, o en Eva y buscás tu Adán, y das nuevo color a las palabras y las desteñís de ideologismos o prejuicios, para que sólo sirvan al mundo y valgan por ellas mismas, gérmenes de epifanía emocional y trascendente.

MBL

Inseguridad colectiva

Inseguridad colectiva, la gran masa de la seguridad ficticia. Vos en medio de la multitud, con una soledad consciente a cuestas que es dardo terrible para el alma. Ir y venir de vasos y cigarrillos, luces de todos colores, el humo que juega con los efectos visuales; ¿cómo estás-todo bien?, y el ruido ensordecedor-consolador. Ya no nos escuchamos, qué pena, seguiremos solos. Sabés que es mejor eso que pensar. La lucidez existencial, ese abismo al que evitamos caer, el precipicio que no queremos ver. Vital indiferencia, carencia-ausencia-esencia, conciencia-sapiencia-violencia en cadencia de presencias. Desligazón y ligazón sin raíces profundas. Tenebroso estrépito que sacude la estantería de las certidumbres vacías...

Planetas urbanos en el caosmos del sistema social, pequeños astros conectados por el beep satelital de un teléfono, en perpleja continuidad condicionada a los horarios de los cometas mayores que prescriben movimientos, direcciones, expresiones, decisiones, comentarios diametrales, bidimensionales respecto de la sucesión interior de los tiempos.

Y de pronto estás en un pub del Abasto, en el cumpleaños de una amiga, rodeada de gente que baila, grita, salta, y la música al mango por todas partes; sombras agazapadas, vociferándose, abrazándose, chocando vasos de cerveza, ofreciéndote una y vos que no, gracias, y sonreís. Impensadamente, ya hace media hora que hablás con él, que sutilmente se han conectado, no sabés cómo, no entendés sobre qué coordenadas específicas, con el taladro de los ruidos detrás, alguien, el tipo que tenés frente a vos, ha acertado la posición de una de las piezas del rompecabezas de tu ser. Y el encuentro se da entre frases aparentemente inconclusas, que en esencia configuran la escena de un momento efímero de cercanía. Los dos planetas se indagan, se miran, se huelen, se buscan entre las palabras que vuelan por las ondas del sonido estridente, y que con fuerza allanan el camino etéreo de las voces parra arribar sólo a tu oído, a tu corazón quizás, y guarecerse allí del sofoque exterior. Notás que la corriente de sus pensamientos te está horadando los sentidos, y sutilmente propicia un respiro para tu ansiedad y te sustrae de ese ambiente, y entonces son ustedes dos, y el resto del mundo no importa. No interesa, sino en la medida en que tendió un puente y sostuvo en su refugio a dos almas, en tanto que aquel confuso contexto los ligó de manera extraña, loca, y supiste con una mirada y una sonrisa que llegabas a una suerte de estación de salvación.

MBL

21 de marzo de 2008

Diario del Norte





Humahuaca, 8 de abril de 2007

Aquí también existe la pobreza. En Humahuaca, como en Tilcara, pero creo que más en la primera, los niños piden dinero a cambio de la recitación de una copla o venden platería y artesanías. La marginalidad es una nota cantante. A diferencia de la primera vez que vine, veo más puestos de venta de ropa y artesanías, tal vez porque sea Semana Santa. De todos modos, encuentro a Humahuaca tan linda y tranquila como aquella vez. No puedo evitar seguir sintiéndome a gusto, cerca de mi búsqueda, próxima a mis encuentros. Desde las escaleras del Monumento a la Independencia escribo estas líneas, frases itinerantes por estos senderos del mundo, donde el silencio y la música queda son los únicos protagonistas evidentes en la escena, junto con quienes viven en estos pagos norteños y quebradeños. Me gusta solamente permanecer aquí, el oído atento a los susurros de deseo y promisión. Muros que esperan y claman por una atención desinteresada pero franca, porque los montes hacen erupción de palabras y quieren plasmarse en espíritus sedientos o corazones exploradores. ¿Qué me trae de nuevo a estas tierras, qué me devuelve a ellas? Necesito, eso es lo único que sé, estar aquí y sólo dejarme encantar y alucinar por las piedras y los ojos ancestrales, abandonarme a siglos de sedimentación histórica pura y demandante. No creo en las casualidades. Llegué aquí movida por la inquietud. Una fuerza apabullante pero enérgica me condujo a la dulzura de tus murmullos, Humahuaca milenaria. Me invitas sólo a quedarme a tu lado, tranquila, y contemplarte sin fatiga, pero llena de ansiedad axial, libre de ataduras tecnológicas. Te exploro en tu sencillez y no puedo dejar de amarte así como eres.
Cuánta gente diferente llega al norte buscando quién sabe qué; cuántos ya se han instalado y han sabido hallar su hogar entre sus colores. ¿Alguien trabajará para esta gente oriunda de la Quebrada? ¿Qué significará el mundo, la verdad, la justicia o la libertad para ellos? El padre el sábado, en la misa de vigilia de Pascua, dijo que había que resucitar para la igualdad, para la libertad y para el compromiso; y les hablaba a ellos, y a mí, a todos. “El que quiera oír que oiga”. Cuánta sabiduría y profundidad en esa afirmación. Claro que somos iguales y hermanos, cualquiera sea el color o la cultura que nos abrigue, y no debemos avergonzarnos de ello, sino respetar la diversidad, sin vestigios de vanidad chauvinista.

Yavi, 9 de abril de 2007

Las palabras que la definen, al menos para mí, en el corto tiempo de mi estadía allí, son silencio profundo, noche inmensa, cielo abierto, las estrellas como ojos curiosos y plenos de luz. La tranquilidad y la quietud reinan en esta tierra escondida entre los cerros, a pocos kilómetros de La Quiaca. La consigna parece ser simplemente estar, permanecer, cada cual el tiempo que necesite. Si uno sabe mirar y escuchar, Yavi se muestra intensa en su sencillez y soledad. Una soledad a veces triste y resignada, a veces buscada y anhelada.
En Yavi Chico, tres niños nos llevaron hasta el cerro donde está escrito “Bienvenidos a Yavi Chico”. En realidad querían jugar. Nos iban a mostrar algo especial. El sendero conducía a los restos de un ritual de la Pachamama en el monte. Ellos jugaban a nuestro alrededor sonrientes; quizás habían esperado todo el día ese momento, para salir de una rutina monótona. Sus sonrisas, sus ojos inquietos y hambrientos, su ser en busca de algo más, como yo, que vine a buscar, movida por los latidos de mi interior. Nosotros pensábamos que nos llevarían a ver pinturas rupestres, tal como señalaba un cartel que había en aquella zona. Pero no, e igualmente lo disfruté. Había una magia lúdica en todo eso. Al finalizar, la pareja que nos alcanzó hasta allí en su auto les dieron unos caramelos y alfajores; nosotras, algunos centavos y un chupetín al más pequeño, el que más había llamado mi atención, por su alegría infinita, mientras íbamos a destino. Curiosamente, al regresar, su carita se entristeció de algún modo, como si la magia hubiera acabado o como si quisiera otra cosa, tal vez dar o ser más frente a estos extraños que lo seguían, que luego de horas mudas habían aparecido en su tierra.
Entendí que quizás esa imagen era o simbolizaba también la pobreza, que los niños continúan siendo los pequeñitos pedigüeños, los trabajadores obligados en su inocente niñez; que en nuestro norte, nuestra Jujuy, habitan ellos con ojos de misterio y llenos de presagios, y sus días a menudo transcurren en vagabundeos insensatos e indignos.
A las mujeres collas no les gusta ser fotografiadas y es absolutamente comprensible, puesto que no son animalitos ni objetos de exhibición. Es en este hecho tal vez donde se evidencia cierto choque o contraposición de culturas, cierta incomprensión mutua entre el que mira y el que es observado, que mina el posible diálogo o la anhelada conexión. Hay quizás una desconfianza ancestral hacia el “blanco”. Y pensar que somos todos de esta misma tierra, aunque para cada grupo la significación e implicancia de ese origen pueda diferir. Cuántas diferencias pueden crecer por la distancia entre pueblos y entre historias. En Yavi, como en otros lugares del norte, uno siente que el mundo frena su locomotora del tiempo y que un presente perenne se instala en el cuerpo y en todos los sentidos. Literalmente uno se desconecta del afuera, lo cual no siempre genera simpatía o agrado, por lo que se pueda ver o descubrir al penetrar en uno, por ese temor, pero que sin duda transporta a nuevos rincones inexplorados del ser. Allí la gente no parece (al menos no todos) meterse en política o en temas de justicia social y derechos; quizás no “saben” de ellos o no los conciben como “algo importante”. En Buenos Aires es tan distinto… Hace unos días yo leía el diario, veía las noticias y estaba metida en cuestiones actuales de la realidad argentina y mundial que me interesan e inquietan. Hoy casi no tengo contacto con la “tecnología” comunicacional, no siento esa invasión mediática y, en cambio, me encuentro cerca de otras problemáticas también actuales e igualmente relevantes. Pero es extraña la sensación, estoy desacostumbrada, y a la vez no me urge consumir esas cosas que abundan en la Capital.

Los ojos de Belén, esa niña eterna de Yavi, su risa y alegría infinitas me dejaron el mejor retrato de la inocencia activa, de la niñez furiosa y excitada, porque me es increíble vivir, saltar y jugar sobre una tierra milenaria y encerrada entre las montañas. Qué sencilla es la fraternidad con los niños; la conexión y el diálogo se dan sin prejuicios, porque sus espíritus están ávidos de descubrimientos, cargados de voluntad de ver, sentir, tocar y conocer. Por eso mediante el juego, liberador de prejuicios y ataduras mentales, dos seres desconocidos y ajenos uno del otro se asemejan y encuentran con naturalidad y total despojo. Me llevo esa esperanza de contacto, tentativa de diálogo visceral.

MBL

Poesía andina



Los ojos que miran al infinito, la estrellas que son espectadores de lo inaudito; vos estás en el camino absorbiendo distancias, consumiendo heridas de pasados incalculables, de presentes fortuitos. Tus pasos minan el horizonte de la frontera con la piel de la historia y sos testigo del despliegue de la belleza en forma de melodía inabarcable. ¿Hacia dónde va la mirada de tu semblante? Es preciso buscarte de lleno en los rincones, porque te ocultas entre persianas de dulzura étnica. No sé qué rostro tienes, sólo palpo tus huellas.

En la Quebrada de Humahuaca el silencio es quien gobierna y hay estallidos de luz multicolor en el paisaje de sus montañas. No es posible sentirse lejos del espíritu, pues todo se aproxima a las laderas del alma, a las orillas del sentimiento, y una música tibia y serena atraviesa mi eje, mi brújula quizás y me pierdo alegremente entre aquellas notas siderales y profundas de los espacios.

Callecitas de antaño y de siempre. Camino tus piedras y brota en mí la energía de la tierra. Y no puedo dejarlas, necesito olerlas, precipitarme en sus formas y esquinas sagradas, por donde los hombres han construido leyendas, y en donde alguna vez un niño derramó sus lágrimas o selló su inocente amor.

MBL (mayo de 2007)